Como si se tratara de una melódica danza entre la masa húmeda del barro y las inquietas manos alfareras, el momento de la creación de una pieza de este arte popular es completamente grandioso.
Y el Jarrito de barro se cuenta entre ellas. Utensilio de la vida cotidiana, como muchos otros, que forman parte de nuestra cultura desde tiempos prehispánicos.
Elaborados en talleres artesanales de Tonalá o Tlaquepaque son principalmente los que llenan las repisas de la alacena o las paredes de la cocina de las casas de esta región.
Eso sí, es curioso caer en cuenta que cada familia cuenta sus historias, costumbres y gustos a su manera, a través de la selección de jarritos que presume sus anaqueles.
Y es que hay de varios tipos; están los especiales para el atole, los redonditos para el café, los más largos como para el agua de horchata y hasta pequeñitos que algunos los emplean para el aguardiente.
Lo cierto es que dar un trago a la bebida en un jarrito es llenar los sentidos con un aroma a tierra y campo, además de que la preparación conserva su temperatura perfecta, precisamente por las cualidades de humedad y aislantes del barro.
Por todo esto y mucho más, el jarrito de barro es un utensilio de la vida cotidiana que forma parte de nuestra cultura mexicana desde tiempos inmemoriales.